La relatividad se entiende en palabras de Benedetti como: “cinco minutos
bastan para soñar una vida…”
Pero yo lo entiendo cuando estoy bien. Ni triste, ni alegre. Cuando puedo
escuchar una canción de Adele sin esperar pasarme el suspiro con un trago de
tequila.
La relatividad no está en el tiempo o en la explicación de Einstein. La relatividad
está en los despechados. Los despechados sí que entendemos de relatividad. Nosotros
podemos sentir que nadie nos entiende, que nadie nos consuela, que nada nos
tranquiliza. Y de pronto, cuando dejamos de auto compadecernos y ponemos
atención a la historia de amor de un amigo, nos damos cuenta que tenemos con
él, más en común de lo que alguna vez supusimos.
Todos nos hemos sentido únicos e identificados, incluso especiales cuando cantamos
junto con Juan Gabriel, “Costumbres” y por un momento nos convencimos que la
escribió para nosotros. Y cuando estamos bien, nos arrepentimos de ser tan egoístas
por imaginar que nuestra historia de “amor” debía de ser contada porque jamás
se repetiría. Pero nuestra historia de amor y despecho se ha repetido una y mil
veces.
Y es aquí cuando una persona empieza a disfrutar del sufrimiento de
recordar y repasar su última historia romántica. Y los reclamos personales se
hacen cada vez más duros e incisivos. Siempre será más fácil lastimarnos a
nosotros mismos que al ser que alguna vez creímos que nos amaba.
Sigo sin encontrar la fuerza en la lógica para dejar de pensar en el último ser amado. Aunque el ejercicio me llena de endorfinas para saber que no era para mí, sigo encontrando en un momento de debilidad la pena que dejó que me dejaran.
El nulo orgullo propio que encuentro en declarar que me dejaron, me da la
posibilidad de analizar todas y cada una de las cosas que hice mal, en todos
los arrepentimientos que tengo por no haber dicho las cosas en su momento, en
todos los arrepentimientos que tengo por haber dicho las cosa en su momento. En
que sigo lastimando mi dignidad por seguir pensando y esperando en él.
Así es como hiero a mis sentimientos. Y esto se convierte en una historia
que nunca debió de ser contada, porque es una historia repetida. Es una
historia que todos los que nos enamoramos, hemos vivido.
“Soy de ese tipo de personas que no acaba de comprender
las cosas hasta que las pone por escrito.” –H. Murakami